Elegí llamarlo “Vide Coding” para subrayar una diferencia conceptual. La palabra proviene del latín vidē, que significa “ver”, y sintetiza la esencia de esta práctica: programar para visualizar, para transformar ideas abstractas en experiencias perceptibles. A diferencia del vibe coding, centrado en la emoción del programador, el vide coding pone el foco en el acto de “hacer visible” el pensamiento digital con ética y propósito.
Es una forma de desarrollo donde el código se convierte en lenguaje visual, donde cada línea busca proyectar, mostrar y narrar de forma responsable. En ese sentido, el término no es una variación casual, sino una declaración: programar también es mirar los datos, la seguridad y planificar con ética.
El vibe coding es una de las tendencias más llamativas del ecosistema tecnológico en 2025. Surgido como una corriente contracultural, mezcla programación, inteligencia artificial y creatividad humana. Su premisa es simple, pero poderosa: programar desde la emoción, no solo desde la lógica. Este enfoque redefine el rol del desarrollador, que deja de ser un ejecutor técnico para transformarse en un creador que combina intuición, ritmo y propósito.
A diferencia de las metodologías tradicionales, que priorizan la planificación y los procesos, el vibe coding parte del flujo personal. La música, la atmósfera, la estética del entorno y el propio estado de ánimo influyen en cómo se escribe la instrucciòn. No se trata de romantizar la improvisación, sino de reconocer que la creatividad también tiene un lugar en la ingeniería. En ese sentido, el vibe coding funciona como una herramienta para prototipar ideas de manera más natural y humana.
Esta forma de trabajar encontró un terreno fértil gracias a la irrupción de los copilotos de programación y las plataformas de inteligencia artificial generativa. Hoy es posible construir estructuras funcionales, interfaces o incluso productos mínimos viables en cuestión de horas, combinando prompts, fragmentos de código y herramientas visuales. El desarrollador pasa de escribir línea por línea a dirigir un proceso creativo donde la IA es una extensión de su pensamiento.
El vibe coding recupera algo que la automatización parecía haber desplazado: la sensibilidad. Detrás de cada script o componente visual hay una búsqueda estética. Programar con vibra significa asumir que el código no solo resuelve problemas, también puede expresar una idea, un tono, una intención. En muchos estudios creativos, esta práctica se utiliza para generar experiencias interactivas, visuales generativos o instalaciones que fusionan arte y tecnología.
Sin embargo, el entusiasmo por esta tendencia no está exento de críticas. Algunos expertos advierten que el vibe coding puede derivar en caos si se usa sin criterio técnico. La improvisación desmedida, la falta de documentación o la dependencia ciega de la IA pueden generar bases de código frágiles, difíciles de mantener o con vulnerabilidades ocultas. Lo que se siente productivo durante una sesión de flow puede convertirse en un problema serio al día siguiente.
Por eso, los mejores resultados surgen cuando el vibe coding se entiende como una fase inicial del proceso creativo, no como un método completo de desarrollo. Es ideal para experimentar, para probar ideas o para construir demos, pero necesita una segunda etapa de consolidación: revisión de arquitectura, control de calidad, validación de seguridad y estandarización del código. Solo así puede transformarse en software real y sostenible.
El auge del vibe coding también está modificando las dinámicas de trabajo en los equipos. Se están difuminando los límites entre diseñadores, programadores y creativos, dando lugar a una cultura más transversal. En este nuevo contexto, el valor no reside tanto en dominar una sintaxis, sino en saber combinar intuición y criterio, entendiendo cómo guiar a la IA para alcanzar resultados útiles y coherentes.
Esta tendencia, además, democratiza la creación digital. Personas sin formación técnica profunda pueden participar del desarrollo de ideas, aprovechando la mediación de la IA para traducir conceptos en prototipos visuales o funcionales. El código se vuelve un lenguaje más accesible, una herramienta de expresión abierta a otros perfiles: artistas, comunicadores, investigadores o educadores.
Lejos de ser una moda pasajera, el vibe coding anticipa un cambio más profundo: la integración del pensamiento creativo en la práctica tecnológica. Representa una respuesta cultural frente a la mecanización del desarrollo, recordando que detrás de cada línea de código hay una intención humana. Su valor no está solo en lo que produce, sino en cómo nos invita a reconectar con el placer de crear.
El desafío ahora es mantener ese equilibrio. Ni la rigidez de la vieja ingeniería ni el descontrol del impulso creativo extremo. El futuro del desarrollo quizás esté en esa frontera donde la emoción y la técnica se encuentran, donde el código vibra al ritmo de quien lo escribe y la IA se convierte, más que en herramienta, en compañera de inspiración.
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