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Privacidad Algorítmica

DECÁLOGO de la PRIVACIDAD

El problema no es usar IA. El problema es cómo la usamos y qué entregamos en el camino sin darnos cuenta.

El Decálogo de la Privacidad Algorítmica lo pensé a raíz de una pregunta simple pero incómoda: ¿somos conscientes de cuánta información personal, laboral y familiar estamos subiendo cuando interactuamos con una IA?

Este decálogo no busca generar miedo ni rechazo tecnológico. Todo lo contrario. Propone criterio, conciencia y límites criteriosos para convivir con la IA sin perder algo esencial: nuestra identidad, nuestra intimidad y nuestra capacidad de decidir.

Uno de los errores más comunes es creer que la privacidad se juega solo en grandes filtraciones o hackeos. En realidad, empieza mucho antes: en cada pregunta que hacemos, en cada texto que escribimos, en cada imagen que subimos.

Muchas veces usamos herramientas de IA como si fueran un diario íntimo, un asesor profesional o una extensión de nuestra memoria. Sin embargo, la IA no necesita saber quién sos para ayudarte a pensar. Puede funcionar perfectamente con ejemplos ficticios, situaciones hipotéticas o casos genéricos.

Cambiar detalles, inventar escenarios o “editar” la historia no es mentir: es autocuidado digital.

Uno de los ejes centrales del decálogo tiene que ver con los límites. Hay información que, por su naturaleza, no debería circular por sistemas de IA: datos médicos, financieros, legales, contractuales, emocionales o patrimoniales. Incluso cuando no incluimos datos explícitos, ciertos patrones pueden permitir inferencias no deseadas sobre nuestra vida.

Lo mismo sucede con el trabajo. Documentos internos, estrategias, datos de clientes o conversaciones sensibles no deberían subirse a una IA sin autorización expresa. Usar estas herramientas en contextos laborales exige separar cuentas, contextos y responsabilidades.

Un punto que suele subestimarse es el uso de imágenes. Una foto no es solo una imagen: contiene información sobre personas, lugares, rutinas, vínculos y contextos. Subir fotos de personas reales – especialmente de terceros o menores – para “jugar” con IA puede implicar vulneraciones de derechos, incluso sin mala intención.

Las respuestas de una IA pueden sonar convincentes, seguras y bien redactadas… y aun así estar equivocadas. Por eso, el decálogo insiste en una idea clave: la IA no reemplaza el criterio humano ni a los profesionales.

Puede ayudarnos a ordenar ideas, explorar alternativas o ampliar perspectivas, pero no a tomar decisiones críticas por nosotros. La responsabilidad final siempre es humana.

En el caso de niñas, niños y adolescentes, el acompañamiento es fundamental. No basta con prohibir ni con “dejarlos solos” frente a la tecnología. Explicar qué no compartir, por qué y para qué usar la IA es parte de una alfabetización digital necesaria.

El Decálogo de la Privacidad Algorítmica no es una lista rígida de reglas, sino un marco práctico para repensar nuestros hábitos digitales. Nos invita a usar la IA como una herramienta de potencia, no como un espacio donde todo vale.

Porque usar IA no debería implicar regalar nuestra identidad, ni la de quienes nos rodean. La Privacidad Algorítmica no es innata: se aprende, se practica y se transmite.

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